En la primera publicación de esta serie para el Día Mundial de la Normalización 2025, mi argumento era sencillo: las normas son la infraestructura de confianza para los Objetivos de Desarrollo Sostenible (SDGs), son el lenguaje común que permite convertir la ambición en ejecución y la ejecución en resultados. Continuemos por el mismo camino profundizando un poco más con la siguiente afirmación: si las normas son el lenguaje, la colaboración es la conversación.
La magia del desarrollo de normas
El desarrollo de normas es el método que reúne a personas de diferentes horizontes, con diferentes antecedentes e incentivos, para producir una forma consensuada de hacer las cosas. Esta forma consensuada nunca es el mínimo común denominador. Es una buena práctica, siempre desarrollada para maximizar los beneficios por el bien común. Se trata de un proceso voluntario y ascendente, que toma la energía de los mercados y la convierte en una guía de trabajo que beneficia a todos. La magia aquí no es la velocidad ni el diseño. Es que va más allá de los intereses individuales de los participantes.
Cómo se desarrollan las normas
Desmitifiquemos el proceso. Una norma comienza con una necesidad que alguien percibe. Por ejemplo, la necesidad de interoperabilidad entre sistemas, la seguridad de una familia de productos, un método para medir actividades de forma comparable o la necesidad de mejorar el rendimiento de un sistema. Esta necesidad se traduce en una propuesta de nuevo elemento de trabajo por parte de un organismo de normalización. Se creará un comité técnico, formado por expertos de todas las partes interesadas en las normas propuestas (empresas, gobiernos, mundo académico, sociedad civil, etc.), con la tarea de acordar el alcance, la estructura y el contenido del documento. Se redactan borradores, se debaten y se revisan hasta que se alcanza un consenso. A continuación, los organismos nacionales de normalización, o los miembros del organismo de normalización que elabora el documento, lo revisan y votan, asegurándose de que el texto pueda adoptarse en diferentes contextos jurídicos y de mercado sin perder coherencia. La publicación formal del documento como norma no es el final del proceso. La aplicación revelará problemas, la tecnología evolucionará, surgirán nuevas necesidades del mercado, y es entonces cuando un ciclo de mantenimiento mantendrá el documento actualizado. Lo que parece un texto estático es, en realidad, un consenso dinámico que evoluciona con los últimos avances.
La colaboración está en todas partes
La colaboración no se limita a los comités técnicos. Cada actor de la cadena desempeña un papel distinto y fundamental. Las organizaciones de normalización ofrecen a las partes interesadas una plataforma con la neutralidad, la gobernanza y el debido proceso que hacen posible el consenso. Los organismos nacionales incorporan a sus partes interesadas y garantizan que la adopción de normas internacionales o regionales se ajuste al idioma, la legislación y las necesidades locales. En esencia, la industria aporta las duras realidades de la ingeniería, la fabricación, la viabilidad y los costes, así como los conocimientos, los datos y la experiencia del sector. Los gobiernos expresan las expectativas de interés público y armonizan las referencias que figuran en la normativa para que las normas voluntarias puedan respaldar su aplicación. Por su parte, los consumidores y la sociedad civil se aseguran de que la salud, la seguridad, la accesibilidad y la integridad medioambiental no queden en un segundo plano. Estos grupos, junto con otros, se reúnen con reciprocidad y respeto, lo que da lugar a una legitimidad que se suma al valor técnico de una norma.
El efecto combinado de las normas
Es fácil comprender el efecto multiplicador de la colaboración en todos los niveles de la normalización. Los beneficios para la sociedad son sustanciales y visibles siempre que las normas se utilicen correctamente: la interoperabilidad permite que los sistemas se conecten a la perfección, se reducen los residuos y se libera el potencial en ámbitos como la salud, la seguridad, la energía, la movilidad o las infraestructuras digitales. Las afirmaciones son verificables, lo que nivela la competencia y protege a los consumidores. Se reduce el riesgo porque las mejores prácticas de diseño y funcionamiento se formalizan y se comparten, en lugar de redescubrirse en cada empresa y cada emplazamiento. Y, por último, pero no por ello menos importante, se acelera la innovación. En resumen, las normas acortan el tiempo que transcurre entre una buena idea y un buen resultado.
¿Aplicador de normas o creador de normas?
Preguntas que me hacen a menudo estos días los líderes del sector: ¿cómo podemos participar de forma eficaz? ¿Realmente importa si somos receptores o creadores de normas? La respuesta es obvia: sí importa. Cuando las empresas invierten su experiencia en comités técnicos y contribuyen, las normas se vuelven más aplicables y menos teóricas. Cuanto mejor se ajustan los requisitos a la realidad, menos costes se generan. Anticiparse a los cambios mediante la participación acorta el tiempo de comercialización y reduce los riesgos de incumplimiento. Dar forma a las interfaces y los métodos de medición puede abrir mercados enteros. Pero participar no es hacer lobby. Es aceptar la responsabilidad por los bienes comunes en los que todos confían, incluidos los competidores y los proveedores. En los tiempos turbulentos que vivimos hoy en día, esta es una poderosa declaración de responsabilidad cívica por parte de las empresas.
La trampa del camino solitario
Por supuesto, la colaboración no es fácil. Existen tensiones entre el deseo de armonización global y el de atender a las especificidades locales, entre la rapidez y el debido proceso, entre la protección de la propiedad intelectual y los modelos de negocio y la facilitación de un amplio acceso. En contextos polarizados, la tentación es encerrarse en silos o impulsar soluciones unilaterales. Por desgracia, según he podido observar, algunos ya han sucumbido a ello. Este camino fragmenta los mercados, aumenta los costes y socava la seguridad y la confianza. Si bien puede reportar beneficios inmediatos, es probable que cause daños irreparables a medio y largo plazo. Una cosa es segura: sin duda, no hace la vida más fácil, más segura y mejor. Para mí, el mejor camino es continuar el diálogo y la paciencia en un mundo en el que solo unos pocos saben aún cómo hacer una pausa y definir lo que debe ser común, especificar lo que puede ser diferente y documentar claramente los límites. Las buenas normas llevan esta sabiduría en su arquitectura, preservan un núcleo común que permite que el comercio, la seguridad y la innovación crezcan juntos.
La materialización del consenso
La realidad actual es que el volumen de documentos relevantes y aplicables para un solo producto ha crecido de forma espectacular, y los ciclos de revisión son más rápidos. Como vimos en la entrada anterior, los líderes y los equipos necesitan saber qué es importante y qué es aplicable, qué ha cambiado y qué dependencias existen entre las familias de documentos. Necesitan una procedencia y una autenticidad que puedan demostrar. Necesitan integrar los requisitos en los flujos de trabajo de ingeniería, calidad y aprovisionamiento sin alterar la forma en que se realiza el trabajo. Nada de esto sustituye al trabajo humano de consenso. Hace que ese trabajo sea útil en el momento de la decisión, que es donde toda la colaboración presentada se materializa o se disuelve en buenas intenciones.
Accuris, el conector
Aquí es donde se comprende el papel fundamental de Accuris, situado precisamente en la encrucijada entre el consenso y la aplicación. Como tal, es un aliado clave para los organismos de normalización, ya que amplía el alcance y la usabilidad de su contenido, opera como distribuidor de confianza y socio tecnológico, protege la autenticidad y ayuda a explorar formatos y servicios digitales que preservan el valor a medida que evoluciona el ecosistema. Por otro lado, es un facilitador práctico para la industria, ya que proporciona un único punto de entrada autorizado para descubrir, comprender e implementar normas en todas las funciones y geografías, con control de versiones, procedencia e integración del flujo de trabajo incorporados. El objetivo no es situarse por encima del ecosistema, sino conectar sus partes para que la colaboración recorra el último tramo, desde las salas de los comités técnicos hasta los requisitos de los productos, los procedimientos operativos, los contratos con los proveedores y el desarrollo y la ejecución de estrategias.
Trabajando juntos como socios
En una época en la que prevalecen las divisiones, la colaboración para lograr un mundo mejor no es un eslogan, sino una disciplina. Requiere organizaciones que puedan reunirse de manera justa, empresas que participen de forma constructiva y herramientas que traduzcan los acuerdos en prácticas cotidianas. El desarrollo de normas demuestra esta disciplina en el trabajo diario, permitiendo de forma silenciosa la calidad, la salud, la seguridad, la sostenibilidad y el acceso al mercado de formas que muchos dan por sentadas.
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